Don Javier andaba sobre la Calle 5 a la altura del parque de las banderas, el día había estado flojo, pocas carreras y tenía que completar lo de la entrega pero aún le faltaban bastante dinero, en eso le apareció un hombre que estaba totalmente vestido de negro y le puso la mano.

«Buena tarde señor, ¿a dónde lo llevo?, gracias, me lleva al cementerio que queda arriba Siloé, ¿cuál? ¿Jardines del recuerdo?, ese ese, es que no recuerdo el nombre y hace rato no voy por allá», listo amigo no hay problema contestó Javier.

El señor le empezó a hablar a Javier durante el recorrido, le dijo que se llamaba Gustavo Lopez Rivera, tenía 84 años. «La vida es muy corta señor taxista, hoy uno está bien y mañana ya no está, no me gusta venir a los cementerios, es un espacio donde la gente te extraña y ya para qué» así es decía don Javier mientras el señor seguía conversando durante el recorrido.

Cuando por fin llegaron al cementerio, el señor le dijo «deme un momento voy por el dinero, porque me vine sin nada y acá un amigo me va a pagar el taxi», el señor se bajó y don Javier se quedó esperando, pasaban los minutos y no regresaba, esperó media hora hasta que decidió ir a buscar al extraño señor.

Recorrió bastante buscando al señor pero no lo encontró y ya cuando daba por perdida y con mucha rabia la carrera que hizo, encontró una lápida que decía «Gustavo Lopez Rivera, 1910 – 1994», el mismo nombre que le dio el señor en el taxi. Javier quedó en shock durante varios minutos, no podía ni hablar y luego de un rato pudo volver a su taxi y salir espantado del sitio.

Dicen que Gustavo era una persona muy solitaria y que falleció solo en su casa por los lados de la calle 5, su alma busca compañía y siempre se le aparece a taxistas con los cuales conversa y les pide que los lleve al cementerio.