Durante la década de 1960, Cali se sumergió en una niebla espesa de miedo y desasosiego. Las desapariciones de muchachos se volvieron un murmullo de esquina en esquina, un secreto a voces que la ciudad intentaba sofocar, pero que siempre encontraba la manera de abrirse paso en medio de la noche. Fue un 5 de noviembre de 1963 cuando la primera tragedia sacudió la tranquilidad de los caleños. En el oeste, apareció el cuerpo destrozado de un niño, un pobre voceador de periódicos al que le arrebataron la vida sin piedad. Pero esto solo fue la primera de muchas pesadillas.

El 4 de diciembre, otro cadáver apareció entre pastizales al norte, como si la tierra misma hubiera vomitado el horror. Pero lo peor estaba por venir: el 12 de diciembre, un tercer cuerpo fue encontrado cerca del río Aguacatal, desfigurado, con los ojos arrancados. La gente hablaba en susurros, las madres ya no dejaban a sus hijos salir solos, y el miedo se apoderó de cada barrio, desde San Antonio hasta el Barrio Obrero. Antes de terminar el año, dos cadáveres más fueron hallados: uno cerca de la estación del Ferrocarril y otro en Prados del Norte. Cinco muertes en solo dos meses, cada una más siniestra que la anterior, dejando la ciudad helada y despierta.

A comienzos de 1964, el terror alcanzó nuevas alturas cuando las autoridades encontraron el cuerpo momificado de un niño, como si el tiempo se hubiera cebado en él de manera monstruosa. Dos días después, un joven de 12 años, llamado Alberto Garzón, fue encontrado sin vida. Ese enero fue un mes oscuro y sin tregua: tres cadáveres más aparecieron en distintos sectores, arrojados como muñecos rotos en las calles desiertas de Cali. La pesadilla continuaba, implacable, en febrero, marzo y abril, con tres asesinatos más: uno cerca de Tequendama, otro en Puerto Mallarino y el último, abandonado en un potrero sombrío, a merced de la intemperie y el silencio.

La policía trató de calmar a la gente, diciendo que los cuerpos habían sido sacados de sus tumbas y esparcidos por toda la ciudad. Pero el miedo no tenía descanso. La prensa y el pueblo exigían la verdad; rumores crecían, y los caleños sabían que el monstruo andaba suelto. Cali era una ciudad bajo asedio, sus calles se volvieron un laberinto donde el miedo se respiraba como el humo.

Por unos meses, los crímenes cesaron, como si el monstruo hubiera tomado un respiro, pero en los últimos días de 1964, el infierno volvió a desatarse. Entre 30 y 38 jóvenes perdieron la vida en manos de un asesino que nunca mostró su rostro. En la penumbra de sus barrios, entre susurros y plegarias, los caleños le dieron un nombre escalofriante: «El Monstruo de los Mangones.» La verdadera identidad del asesino nunca fue revelada, y su sombra aún se pasea por Cali, un espectro que de vez en cuando, dicen, se siente en las esquinas solitarias de la ciudad, susurrando su eterna y siniestra amenaza.

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Mirá Ve Cali entre mitos y leyenda

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